A Lesbia en el desierto

Ven, Lesbia, ven, sobre mi pecho ardiente
Reclina sin cuidado.
Llena de amor, la entristecida frente;
Que quiero abandonado
Del mundo todo, en placentera calma,
Á tí tan solo consagrar mi alma.

Ven, calmaré tu duelo y tus dolores;
Aquí sobre la alfombra
De tierna grama y de silvestres flores,
Á la tendida sombra
Del verde cedro y de la encina hojosa
Entablaremos plática sabrosa.

No te pese trocar la selva umbría
Por tu dorado asilo;
Que aquí siempre tendrás, paloma mía,
El corazón tranquilo,
Y aquí no más de la fugace vida
Encontrarás la paz apetecida.

Dime, Lesbia, mi bien, ¿por qué suspiras;
No sabes en el mundo
Lo que el brillo y la pompa son? ¡mentiras!
Un cenagal profundo
De vicios es, donde en perpetua farsa
Bulle la loca mundanal comparsa.

Allí al impulso de amoroso fuego,
Avaro de delicias.
El hombre busca, delirante, ciego,
De otro sér las caricias;
Pero bien pronto el corazón vacío
Solo siente, infeliz, árido hastío.

Allí el amante que de amor delira.
Artero, fementido.
Contra el honor de su beldad conspira;
y el lúgubre gemido.

Que arranca al desdichado la agonía,
Confúndese en el ruído de la orgía.
Allí en pos de mezquino y ruin tesoro,
Avaro de riqueza.
El hombre ciego al esplendor del oro,
Con bárbara fiereza,
Derramando la sangre del hermano,
Sacia insolente su ambición insano.

¿Oué te importan del mundo las delicias,
Los mentidos placeres,
Si aquí de amor te embriagan mis caricias,
Si aquí tú sola eres
Mi bien, mi adoración, Lesbia divina,
Creación de mis ensueños peregrina?

Olvida el vano mundo y sus tesoros,
Olvida, sí, sus flores
Que pasan ¡ay! cual rápidos meteoros,
Y acerbos sinsabores
Dejan en pos de sí por su camino;
Precisa huella que marcó el destino.

Si aquí jamás el hálito iracundo
De férvidas pasiones,
Emponzoñado zéfiro del mundo,
A nuestros corazones
Ha de llegar, bien mio, ¿por qué lloras,
Si aquí han de ser dulcísimas las horas?

Placeres! dulce y halagüeño nombre;
Fantasmas con que sueña
En esta vida deleznable el hombre;
Perspectiva risueña,
Donde al tocar sus encantadas flores,
Se encuentran solo abrojos punzadores.

¿Qué te importan espléndidos festines,
Do su grandeza ostenten
Mil nobles esforzados paladines,
Si en sus sonrisas mienten
Dicha y quietud, y su ánima intranquila
Entre la duda y el temor vacila?

¡Ay! Lesbia, yo no quiero en ese mundo
De crímenes y duelo
Vivir cercado, de pesar profundo;
Aquí á tu lado anhelo
pasar los días de mi vida hermosa,
Siempre gozando de quietud dichosa.

De alma quietud, porque de noche y día
Sin perder un instante,
Viendo estaré tu gracia y gallardía.
Enamorado amante;
Yo cantaré mil cántigas de amores
Al par de canoros ruiseñores.

Vagaremos, mi bien, por la llanura,
O por el bosque umbrío,
Aspirando en el aura la frescura
Del murmurante río,
Que tersará sus ondas cristalinas,
Porque veas tus formas peregrinas.

Aquí sentados en el soto ameno
Sobre cojin de grama,
Reclinaré mi sien en tu albo seno;
Y si tu pecho me ama,
Yo escucharé del corazón ardiente
Cada palpitación atentamente.

En el silencio de la selva umbrosa.
Entonarás canciones;
Y de tu voz angélica, armoniosa,
Las dulces vibraciones
Harán callar los cánticos suaves
De las pintadas, trinadoras, aves.

Gozaremos aquí la brisa pura
Oue vaga perfumada,
Y entre las flores sin cesar murmura
En la tarde callada
En que reina la paz, la blanda calma,
Y amor respira todo para el alma.

Ven, Lesbia, ven, aleja de tu mente
Los locos desvaríos;
Ven, en mi frente posarás tu frente.
Tus labios en los míos,
Y en dulce y voluptuoso arrobamiento,
Confundirás tu aliento con mi aliento.

Solo aquí está la paz, solo aquí el alma
Disfruta venturosa
De esta envidiada y apacible calma,
Ven á gozarla, hermosa;
Ven, en mis brazos hallarás un mundo
De inmenso amor, y de placer profundo.

Ven, Lesbia, y adormida en mi regazo
Tu vida con la mía
Una el destino con estrecho lazo.
Hasta que llegue el día
En que el hálito marque de la muerte
El «hasta aquí» de nuestra dulce suerte.

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