A mi padre

Si justo elogio sincero
escucho en ajeno labio,
que alaba en ti al caballero,
al padre, al esposo, al sabio,
al amigo y al guerrero;
Con justa causa me aflijo,
viendo que a extraños la suerte
dio la dicha y regocijo
de tratarte y conocerte,
y no a mí que soy tu hijo.
No, no hay desdicha ninguna
como que la Parca aleve
del tierno padre desuna
a niño que aun duerme en cuna
y humano alimento bebe.
Dígalo yo, pues aun no
hube el mes cuarto cumplido,
cuando mi padre murió:
todos le habéis conocido,
¡Oh hermanos, excepto yo!
Al dolor que el pecho siente
creces el recuerdo da
de que, al nacer tu Clemente,
estabas en viaje ausente
de que no volviste ya.
Y así jamás tierno beso
en mi faz, oh padre, fue
por tu amante labio impreso,
ni en ser nunca me alegré
de tus brazos dulce peso.
Y agonizaste, lejano
de tus hijos y tu esposa;
ni cerrarte amiga mano
los ojos, pudo amorosa,
que nos buscaban en vano.
Moriste entre extraña gente,
a tu muerte indiferente:
¡Ah! ¡cuánto mas te valiera
lidiando en batalla fiera,
sucumbir gloriosamente!
Si para consuelo nuestro
existieras todavía,
fuérasme en la vida diestro,
amoroso, experto guía,
y dulcísimo maestro.
¿Qué reprensión blanda y pía
no me sonara en tu labio?
Justo exceso, demasía
del mismo amor, que no agravio,
tu castigo me sería.
¡Con qué atención y placer
las inmortales hazañas
con que el antiguo poder
y yugo de las Españas
pudo América romper,
Fuérame dado escucharte!
Hazañas de que testigo
mereciste ser y parte
(con noble orgullo lo digo)
por el denuedo, y el arte.
Mas ¡ay de mí! que, en lugar
de tan feliz y süave
vida que pude gozar,
odiada orfandad me cabe:
¡Desdicha inmensa y sin par!
Que hizo más extraña y fuerte
el que entonces no pudiera
llorar, oh padre, tu muerte,
que ni ese alivio siquiera
quiso dejarme la suerte.
Pues tan tierno simple infante
preciar ni entender podía
desventura semejante;
y ¡acaso entonces reía
mi ledo infantil semblante!
¡Ah! por qué la muerte en mí
no se cebó, y el desierto
de la vida huyendo así,
¡ah! por qué no te seguí,
¡apenas nacido, muerto!
Por desgracia tan impía,
sirve solo de consuelo
pensar, oh padre, que un día
te conoceré en el cielo.

(1855)

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