A orillas del mar

Al salir de aquel baile dejamos nuestras huellas
en playas que a un destierro conducen al azar.
Una flor en su mano se acaba de ajar.
Era una hermosa noche de ensueños y de estrellas.

Rompíanse en la sombra oleajes enlutados
hacia el ópalo atlántico y la áurea lejanía.
El ultramar sus luces místicas expandía.
Las algas perfumaban los ámbitos helados.

En la escarpa, los ecos sonaban mientras tanto;
con la espuma rizaba la onda volutas locas
y, densa, acometía el bronce de las rocas.
Brillaban en la duna cruces de un camposanto.

Su silencio acallaba del mar la baraúnda.
No tenían las cruces por el mar ultrajadas
ni coronas de duelo, ni flores; arrastradas
fueron por la tormenta que retumbando inunda.

En declive, las tumbas desde el mar, cuesta arriba,
bajo la niebla oían que la sombra a lo arcano
del infinito sueño interrogaba en vano.
Él, callaba el secreto de la ley decisiva.

Friolenta, cubrió con un oscuro chal
su seno, egregio exilio de muchos agasajos;
y admiré a la mujer de los párpados bajos,
esfinge cruel y aciaga, pesadilla fatal.

Mata a los niños sólo con su mirada atroz
y sobrevive a todo aquello que destruye.
La amamos porque a ello la Noche contribuye.
Los que la tratan de ella hablan a media voz.

La reviste el peligro de un nimbo familiar,
y aun en su tierno abrazo que quiere desmentir
sus crímenes, parece al evocarlos, oír
culatas de fusiles que van a ejecutar.

Tras el oprobio ilustre que, empero, la sujeta;
bajo el duelo en que goza su alma sin ardor,
todavía descansa un virginal candor
como un lirio en el ébano de bruñida bujeta.

Atenta, prestó oído al tumulto del mar,
bajó su hermosa frente que los años besaron
y en dolorosos términos sus labios declararon
su lóbrego destino que duele recordar:

«Hace ya mucho tiempo, cuando yo sostenía
»trato con los vivientes y escuché sus ternuras,
»igual que el mar bravío junto a esas sepulturas
»con ira lamentáronse de mi pétrea apatía.

»He visto más de un largo adiós agonizar
»en mis manos que acogen sin odio ni emoción
»de las almas en pena la humilde confesión.
»No devuelven sus besos los sepulcros al mar.

»Yo soy toda silencio. La emoción no me alcanza;
»no tiene amor mi vida ni mis días sentido.
»Me han negado los cielos el sagrado latido;
»para mí han falseado el peso en la balanza.

»Y cuando yo fallezca, sé muy bien que mi suerte
»no será la de otros que en fiestas o tormentos
»van buscando unas flores en turbiones violentos.
»Como no los comprendo descansaré en la muerte.»

Me incliné ante las cruces pálidas, luminosas.
La extensión anunciaba el alba y aplacar
quise aquel tenebroso e incurable pesar
que hirió el remordimiento con ráfagas furiosas.

Como ante el mar desierto y henchido le dijera:
«Bailando exenta estabais de esa melancolía,
»y en cristalina plática vuestra alma adormecía
»a la sierpe enroscada de vuestra áurea pulsera.

»Riendo y aspirando unos ramos de rosas
»bajo los rizos negros sujetos con diamantes,
»cuando el vals nos llevó juntos unos instantes
»vuestros ojos brillaron sin llamas angustiosas.

»Con gusto vi el placer que bajo el arrebol
»encendía vuestra alma ya propicia al olvido
»y, al fin, prestaba luz al dolor distraído
»como un glaciar herido por un rayo de sol.»

En mí clavó su fúnebre mirada que me asombra
como la palidez de sus rasgos fatales
y dijo: «¿Soy como esos países boreales
»que han seis meses de luz y seis meses de sombra?

»Sabrás que las soberbias mutuamente cambiadas
»enturbian de los ojos la lectura precisa.
»Ámame, tú que sabes que bajo mi sonrisa
»soy semejante a esas tumbas abandonadas.»

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