A una señorita bellísima

Hermosísima reina del sarao,
con quien apareciera menos bella
la esposa desleal de Menelao,
como al rayo del sol la última estrella;
¡Ay! que mañana voladora nao,
mientras imprima aún su leve huella
en la blanda almohada tu mejilla,
me apartará por siempre de esta orilla.
¡Dichosa danza que tu talle estrecho
enlazar con na brazo me consiente,
y que lata de amor mi ardiente pecho
junto a tu pecho cándido y turgente,
y que tu aliento beba en quien sospecho
que Amor respira su vital ambiente!
¡Ah! de felicidad tan soberana
solo el recuerdo quedará mañana.
Apenas te conozco, ya te pierdo,
cuando en mi corazón y en mi memoria
ha de durar eterno tu recuerdo:
así tal vez ensueños, transitoria
visión endiosa el alma que, en su acuerdo
volviendo al despertar, llora su gloria;
y yo así lloraré cuando despierte
sin esperanza de volver a verte.
¡Injustas quejas! vale más que, apenas
vista, te oculte a mí la suerte avara;
que por siempre cautivo en tus cadenas,
si más tiempo te viera, me quedara;
y, habitando por ti playas ajenas,
familia, patria, todo lo olvidara,
y aún la ambición perdiera y sed de fama
que a grandes cosas mi destino, llama.

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